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LA INTENCIÓN EN TODO LO QUE DECIMOS

  • Si este comentario hace click en el océano de tu anecdotario y te lleva a verificar la fecha o la época de tu vida, entonces ese será uno de tus tantos Días Relevantes. 
  • Este texto fue publicado en revistus.com en enero del 2022



I

Cuando muy joven no me preocupaba en vociferar estando entre amigos. El sentirme seguro entre las amigas o compañeros me hacía elevar el tono de voz. La gente pasaba al lado de nosotros; alcanzaba a escucharnos y hacía gestos de sorpresa desaprobante al notar nuestra retahíla de palabras sobre algo y sobre alguien. Hubo una ocasión que alguna persona llegó a detenerse frente a nosotros, para decirme en directo “Es penoso tu vocabulario. Así han de hablar en tu casa”. No fue pregunta; fue aseveración.

Moción: En caso de Papá, les comento, que cuando algo le salía mal o no era lo correcto, soltaba su hilera de palabrotas como cuando truena el manojo de cohetes tirado a media calle. Así me lo parecía cuando papá se descargaba. ¿Mamá? Sí. También dice sus groserías en casa. No porque sea alvaradeña -a mucha honra-; sino porque la desespero con mi conducta, ni mala cabeza, mis berrinches, mis maneras que todavía la decepcionan y le han frustrado desde muy pequeño. Pero nuestros padres -a mi hermana y a mí- siempre nos recalcaban que no era bueno ir hablando con groserías o expresiones soeces. Nótese que no dije “malas palabras”. Ese acto perlocutivo era exclusivo en el seno familiar. Esto era un asunto de código interno. Siendo hijo de padre tabasqueño y madre alvaradeña -además de nacer en Veracruz-, no era posible negar la Cruz de mi Vera. ¡Je je je…!

Lo cierto (regresando a mi anécdota) es que sí me pudo en el ánimo y en la razón que me hayan desacelerado en mi plática para hacerme ese comentario. Por fin sentí pena por una llamada de atención de un desconocido que inteligentemente hizo notar lo no adecuado: Porque ya me lo habían dicho en casa y te das cuenta que traicionaste la intimidad familiar.

Papá y Mamá nos decían que no querían saber por boca de sus amistades o vecinos que Ché y su hermana usaban malas palabras y eran groseros. Pero, jugando en la calle con los vecinos pues claro que nos apasionábamos y… sí se nos escapaban… ¿A poco no les pasó así a algunos de ustedes?


II

En el nivel preparatorio y la universidad, ya no era tan inhibido, por lo que tuve un grupo de amigos donde la mayoría estábamos en esos niveles académicos y otros ya estaban en la vida laboral no siendo profesionistas. Fue una época interesante, porque los años ochenta nos dieron todo ese bagaje de estilo. Formación propiamente decidida por cada uno de nosotros e irnos plantando socialmente poco a poco. Pero también las situaciones universitarias nos preparaban para pulir al profesional que se estaba forjando con miras al terreno laboral. Algunos mejoramos nuestra forma locutiva gracias a la lectura habitual de periódicos, libros... La forma de hablar en futuros escenarios socioprofesionales nos obligó a dejar de utilizar “la perrez*  verbal” en reuniones gays. Aunque no debías de bajar la guardia porque no faltaba “la mana” que quería pasar un rato “divertido” a costa de situaciones inoportunas -fueran penosas o secretas- con tal de hacer “amena” la conversación para el resto de personas. O, a veces, no faltaba el amigo gay que no tenía esa habilidad verbal para defenderse de esas actitudes mala-onda tomándolo como motivo de burla. En fin, fueron esas épocas un tanto de afilar la lengua; es decir, de saber ser oportunos para neutralizar la conversación delante de todos; y también, de ir puliendo cada quien a sus grupos de amigos porque en cualquier momento podría ser nota de mala reputación. ¡Je je…! Todo ello por la intención contenida en nuestros mensajes.

Sí, cada palabra que uso para estructurar o armar mi mensaje le pongo una carga intencional-emotiva. Eso es lo que le da energía a todo el mensaje por lo que éste o te anima o te apaga; te ayuda o te destruye; te genera confianza o te reservas de las personas… en fin. Es maravilloso esto del conversar, del comentar, opinar, del hacer crítica inteligente; lo más satisfactorio es disfrutar, con conciencia, la intención con la que decimos lo que decimos porque de ello depende el que se valore lo dicho.

Toda conversación tiene una o más intenciones. ¿Conoces cuántas intenciones puede manifestar el ser humano en un mensaje? Por ejemplo, ¿con cuántas intenciones podrías manifestar las siguientes palabras: gay, trabajo, mujer, gobierno, amigo, paupérrimo, excremento, casa, escuela, enfermedad? ¡Sí, es cierto! Toda palabra implica una expresión comunicativa reflejando una o más intenciones; también ayuda en ello el estado de ánimo por el que estamos comunicando lo que necesitamos. Cierto: la intencionalidad en la comunicación depende de las circunstancias y del contexto en el que nos encontremos conversando.

Ya en la vida profesional y laboral vamos concientizando con seriedad esa facultad que desde niños practicábamos, pero no reflexionamos del todo como cuando se llega a la adultez. La intención de lo que comunicamos depende de la aproximación que tenemos con los interlocutores. Por aquello de los dobles sentidos que también van en la comunicación.



III

Cuando uno pasa por todos los procesos de la educación formal o académica ya no se podrá seguir hablando como en los pasillos de la escuela o la universidad -sin olvidar tus orígenes- pero sí como cuando expusiste un tema o conferencia. Entonces la carga emotiva que le ponemos a cada palabra de nuestros discursos y comunicaciones, se la debemos a las circunstancias que vivimos día a día.

Si la experiencia de toda tu vida se conjunta de alegría, estabilidad, paz, reflexión, inteligencia, humanismo, en torno a eso estará el contenido de tu comunicación. Seguro tendrás muchos éxitos gracias a ello. Pero si es todo lo contrario, entonces -además de ser brillante en tu formación académica- tendrás todavía el trabajo de mejorarte comunicativamente para sacudirte esas experiencias adversas de la vida -carencias, violencias, intranquilidad, vejaciones…- para mejorar la emotividad e intencionalidad de tus palabras, tus ideas, tus propuestas en todo lo que comuniques. Cuando asumes en tu cotidiano lo riguroso que es hablar bien o adecuadamente en los diversos contextos sociales y laborales es cuando moldeas tu discurso oral -y también en lo escrito que es más exigente-.

La emoción y la intención de las palabras nos hace reflexionar sobre nuestro discurso propiamente; también en nuestra conducta cotidiana, en nuestras maneras de hacernos entender y conocer socialmente, incluido lo laboral. La intención y la emoción hace que manifestemos a los otros y a los nuestros cómo vivimos el día: las preocupaciones, los pendientes, los desencuentros, las sorpresas, lo frustrante, lo enfadoso, lo intimidante, lo decisivo… La emoción y la intención en nuestras palabras llevan una carga de energía que emana de nosotros mismos. Nuestras palabras son lo que somos al momento de decirlas.

¡Nos veremos pronto!

Autor: josemanuel.lopezmora@gmail.com


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*perrez: Llamada de atención de una persona a otra con intención ácida, increpante, crítica, expositiva, acusadora en una conversación gay. Reto verbal a modo de competencia entre dos personas homosexuales a ver quién termina siendo más evidenciado y expuesto públicamente. Intercambio de expresiones irónicas o sarcásticas que conllevan información acusadora o delatante de la otra persona con la que se tiene una conversación elevada de tono; y esta puede ser vulgar, grosera, elegante, culta, etcétera, dependiendo de la intención.

Mecanismo de defensa oral para contrarrestar las intensiones malsanas a través de la expresión oral.


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