- Hoy les comparto una reflexión sobre nuestro hábito de lectura. ¿Recuerdan qué los hizo a ustedes ser hábiles en la lectura? Deseo que les motive a buscar en sus recuerdos y encuentren para sí mismos explicaciones sobre la importancia de saber leer. Aquí les de jo la primera parte.
- Este texto fue publicado en marzo del 2022 en revistus.com Lo vuelvo a compartir en este mi blog personal.
En las prima-noche papá, ya refrescado por su jornada de trabajo y antes de cenar, acostumbraba a disfrutar de la lectura. Leía lo que le faltaba de la sección nacional y lo de algunas columnas y críticos en la sección editorial. Luego leía algo de su literatura católica; mínimo las lecturas del día según el misal. Y si le quedaba algo de tiempo escribía algunas ideas que, de seguro o repentinamente, era el momento propicio para hacerlo. Imagino que eso era porque tenía quizá algunos días de estarles dando vuelta en su memoria; y, en parte, lo imagino en él porque así me sucede a mí. Para cuando mamá disponía manteles y alimentos en la mesa, él ya estaba casi terminando su tiempo dedicado a su hábito disciplinado, aprovechado hasta las ocho. Después de beber su café con leche frío —porque así le gustaba— se cambiaba de asiento en el comedor y continuaba para cerrar su ejercicio.
Papá leía murmurando; como si rezara. Leía a cierto volumen de voz que era perceptible para él dentro de sí. Así como el escuchar tu voz, muy baja, pero dentro de tu cabeza a la altura de los conductos auditivos; como si fuera a salir tu voz por los oídos.
Me parecía curioso cómo es que pudiera tener esa forma de leer ¿Ustedes lo han hecho? Yo me caché haciendo eso igual que mi padre, no sé en qué momento; pero sí recuerdo que yo necesitaba comprender ese texto, y para no llamar la atención en la urgente comprensión lo imité: Lees en voz tenue donde tu voz la sientes cómo llega a tus oídos dentro de ti. Sí, así mero.
Es como si pidieras un deseo momentáneamente urgente “Por favor, por favor, que me haga caso fulanito” por ejemplo; y así ni te escuchan lo que pides, aunque te des a notar. Funciona cuando pides el deseo al partir el pastel ante los invitados cantando las mañanitas y antes de apagar la velita -si no es de los modernos cartuchos tipo bengala-. Bueno pues así leía papa…¡¡je je je!!
Mi abuela Chana también leía porque le gustaba mucho y porque, como ya era muy viejita, lo único más efectivo de esa etapa de los ochenta y noventa fue leer el periódico y algunas revistas semanales de esa época. Ella leía del catolicismo sólo la hojita impresa del misal dominical. No buscaba más textos católicos que ese impreso; y que a media semana, releería los textos. Para la abuela Chana, la lectura del periódico fue una actividad fascinante; le gustaba “sumergirse” en ese artefacto de enormes páginas; y era incapaz de desordenarle a su yerno la sección principal del Excélsior que eran de seis o siete hojas plegadas. Cuando llegaba alguien al mostrador de la planchaduría, mi abuela solo quitaba la vista del texto para ver, sobre el filo superior del periódico muy discretamente, quién había saludado a la entrada para que le atendieran.
Ella leía en silencio, no rezando como papá. Quizá no lo hacía por apropiar más información o estar actualizada, sino porque su necesidad lectura fue de pasatiempo, más que preocuparse por obtener más conocimiento. Pero sí era interesante cuando disertaba con mi padre sobre lo que ella leía en el periódico. Era algo así como suegra y yerno en conversación de informados. Papá, claro que se comportaba respetuosamente, poniéndose a su nivel. Eso lo admiré siempre de mi padre.
Yo recuerdo que mi acto de leer fue por imitación a ellos y cuando me di cuenta que mis amigos de juegos de la cuadra me maltrataban por ser “raro” fue que preferí atender al periódico, porque los libros de papá casi todos eran de política y religión. Entonces el periódico era lo más versátil y amable para ir disfrutando lo que “decía”. Sí, efectivamente fui disfrutando la actualidad de ese entonces.
A los 6 años ya sabía leer y escribir; fui niño lector en la misa dominical para niños —también fui servidor—; y la lectura religiosa fue significativa en las clases de Biblia sabatinas con el Padre Heladio Copto entre los 12 ó 13 hasta casi los 17 años. En ese ámbito reconozco que pude asimilar algunas cosas propias del contenido simbólico a través de la narración. Algo se activó, y quería saber los significados y los orígenes, de muchas cosas… por ese asunto se inició el interés de leer con un poco más de atención y ello me llevó a valorar las etimologías.
Leer es una actividad mental compleja. Cuando lees ¿sabes cuántas acciones realiza tu cerebro al mismo tiempo en lo que tus ojos pasan la vista por los renglones? Descifra, estructura, secciona, jerarquiza, aprende, conoce, analiza, critica, reflexiona, argumenta, apropia, explica, parafrasea, resume, sintetiza, define, describe, diserta, confronta, investiga, valora, esquematiza; tu cerebro cuestiona a los personajes, al tema, al autor al mismo tiempo que se construyen o se recrean en tu memoria… Por eso, todos los que tomamos en serio la lectura debemos asumirnos como seres intelectuales (me refiero a la capacidad mental y no al cúmulo de saberes logrados); porque cuesta no solo tiempo para apropiar la información, comunicación o aprendizaje; sino esfuerzo de nuestro intelecto que implica paciencia y entusiasmo. Y más cuando tenemos que leer por obligación ya que ese trabajo intelectual no se disfruta y hay que “ponerle buena cara” a las páginas.
No hagas menos la actividad de leer —ni critiques a los que veas leyendo— porque si eres estudiante de primaria has de saber que toda la vida académica es eso: leer para aprender. Si ya vas a terminar la carrera, vas a seguir leyendo porque los profesionistas generan nuevas informaciones gracias a sus descubrimientos y avances: la vida se actualiza. Y si ya eres jubilado, una buena parte de tu tiempo lo dedicarás a leer lo que no pudiste hacer a tus anchas cuando estuviste desempeñando tu empleo o tu profesión. Leer no hace daño, sino que nos hace mejores personas; al único que le hizo daño —y eso, hasta cierto punto porque así lo creó su autor— fue a Don Quijote de la Mancha.
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¡Nos veremos pronto!
Autor: josemanuel.lopezmora@gmail.com
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